
En medio de un prado amplio, solitario y despejado, crecía un árbol joven.
Su tronco era recto, sus ramas se estiraban hacia el firmamento con ansias de rozar las nubes. Cada día observaba a los pájaros que cruzaban el cielo y suspiraba:
—Quiero llegar tan alto como ellos. Quiero elevarme hasta que mis hojas toquen la luz del sol sin sombras que me limiten.
El árbol soñaba con crecer deprisa. Deseaba ser grande, inmenso, imponente. Y en su prisa, casi no prestaba atención a lo que ocurría bajo la tierra. Sus raíces apenas buscaban agua en lo profundo; preferían quedarse en la superficie, donde era más fácil extenderse.
Un verano de calor abrasador, la hierba se secó y los arroyos se escondieron bajo la tierra. El árbol sintió sed, y por primera vez su altura no era un motivo de orgullo, sino un peso. Sus ramas pesaban como recuerdos, y sus hojas, sin agua, se marchitaban lentamente.
Desesperado, murmuró hacia abajo:
—Raíces, ¿por qué no me sostienen? ¿Por qué no me dan lo que necesito?
Entonces, desde lo hondo, una voz profunda respondió:
—Nos olvidaste. Mientras soñabas con tocar el cielo, no nos pediste permiso para ir hacia dentro. Sin nosotras, tu altura es frágil.
El árbol comprendió su error. No bastaba con crecer hacia arriba; debía crecer también hacia abajo. Así, durante aquel verano difícil, en lugar de seguir estirando sus ramas, se concentró en hundir sus raíces en la oscuridad de la tierra, buscando agua escondida, aprendiendo la paciencia del subsuelo.
El tiempo pasó. El otoño llegó con lluvias, y el árbol, más equilibrado, volvió a levantar sus ramas con confianza. Esta vez no temía al sol ni a la sequía, porque sabía que su fuerza no estaba solo en lo que mostraba al cielo, sino también en lo invisible que lo unía a la tierra.
Cuando volvió a mirar a los pájaros, ya no los envidiaba. Sabía que ellos tenían alas y él raíces, y que ambos, a su manera, estaban tocando la vida en plenitud.
Mensaje: Aspirar alto es hermoso, pero solo es verdadero cuando nuestras raíces también crecen. La fortaleza del espíritu no se mide por cuánto nos elevamos, sino por la profundidad con la que sabemos sostenernos en lo invisible.


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