Un niño de siete años me preguntó una vez: “¿Por qué no puedo ser adulto ya?” Sonreí, recordando cuántas veces yo misma había querido que la vida corriera más rápido. Le respondí con una historia: en un lugar lejano, un joven era impaciente por ver florecer las flores de un cerezo. Cada día observaba los capullos cerrados y los tocaba con impaciencia. Un día, decidió abrir uno con los dedos. Lo hizo con cuidado, pensando que, si lo ayudaba a abrir, vería la flor antes. Pero al hacerlo, el pétalo se desprendió, la flor se marchitó. Entendió entonces que apresurar la vida la despoja de su belleza natural.

El tiempo tiene su ritmo; no siempre coincide con el nuestro. Hay días que pasan como flechas y días que se arrastran como tortugas. La sabiduría está en aprender a bailar con ambos ritmos. Recuerdo que, de joven, quería terminar mis estudios, encontrar trabajo, casarme, tener hijos, todo en un plan exacto. La vida me sorprendió: tardé más en graduarme porque me enamoré de la lectura; el trabajo que soñaba no llegó a la hora prevista y tuve que explorar otros caminos; mis hijos nunca llegaron. Si la vida me hubiera dado todo cuando quería, me habría perdido de saborear los atajos, los desvíos, las sorpresas. El tiempo me enseñó a confiar.

La vida es como una canción. Si la aceleras demasiado, se vuelve ruido. Si la alargas sin ritmo, te aburres. El arte, está en encontrar la melodía en cada momento. Un pescador que conocí lo sabía muy bien. Cada mañana, salía antes del amanecer, arrojaba su red y, si no pescaba, no se enfadaba; remendaba la red, revisaba su barca, contemplaba la salida del sol. Un día me dijo: “El tiempo es como el mar: no lo puedes dominar, pero puedes aprender sus mareas. Yo ya sé cuándo sale el sol, cuándo sube y baja la marea. Aprendí a no pelearme con él.” Su vida era un ejemplo de sincronía.

Hay también tiempos internos. En la mente, vivimos atrapados entre el pasado y el futuro. El pasado nos llena de nostalgia o culpa; el futuro, de ansiedad o expectativas. El presente, en cambio, es donde el tiempo se detiene. Un maestro zen, al preguntarle cuántos años tenía, respondía: “Tengo este momento.” Sus discípulos se reían. Él insistía: “El pasado ya no está, el futuro aún no llegó. El único tiempo real es este.” Vivir en el presente es un acto de valentía, porque implica soltar la ilusión de controlar el futuro y la necesidad de aferrarse al pasado. Es un acto de confianza en que la vida te dará lo que necesitas en cada instante.

El humor también puede acompañar nuestra relación con el tiempo. Conocí a una anciana de ochenta años que decía: “Tengo ochenta y muchos proyectos.” Se reía de los que le decían que ya era tarde para empezar algo nuevo. A los setenta, aprendió a pintar; a los setenta y cinco, a bailar salsa; a los ochenta, decidió aprender un nuevo idioma. “¿No crees que eres muy mayor?”, le preguntaron. “¿Mayor para qué?”, respondió ella. “¿Para vivir?” Y soltó una carcajada. Su risa desarmaba todas las excusas. Nos recordaba que el tiempo es una construcción y que la vida se renueva con cada decisión de abrirnos a algo diferente.

Te invito a experimentar un ejercicio con el tiempo: la próxima vez que sientas que no tienes “tiempo para nada”, detente, cierra los ojos y respira profundamente tres veces. Mira alrededor y elige una cosa pequeña para hacer con plena atención, como si tuvieras todo el tiempo del mundo: beber un vaso de agua, observar el movimiento de una nube, acariciar la corteza de un árbol. Esa pausa es un acto de rebeldía contra el reloj. Te recuerda que, aunque no puedas alargar el día, puedes estirarlo por dentro.

El tiempo no es tu enemigo. Es un aliado que te acompaña en la danza de la vida. Cuando aprendes a escuchar su música, dejas de correr detrás de él y empiezas a moverte con él. Y entonces descubres algo maravilloso: incluso cuando crees haber perdido tiempo, en realidad has ganado experiencia. Y cada experiencia, por pequeña que sea, te acerca a la plenitud.

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