
En un lugar donde no existían relojes ni paredes, el alma se sentó frente a una mesa de luz. Allí no había papeles ni contratos, pero todo estaba escrito en vibraciones. A su lado aguardaban los guías, pacientes y serenos, con esa calma que solo tienen quienes saben que nada puede perderse.
El alma contemplaba su propia historia como quien observa un río desde lo alto de una montaña. Veía sus actos pasados, las huellas que había dejado en otros corazones, los errores que aún necesitaban equilibrio y los amores que seguían incompletos.
—Ha llegado el momento de elegir —dijo uno de los Maestros—. ¿Qué deseas aprender esta vez?
El alma permaneció en silencio. Sabía que cada elección traería consigo pruebas. Podía escoger un camino fácil, con pocas caídas, pero también con poco crecimiento. O podía elegir senderos difíciles, llenos de rocas, donde el dolor sería maestro, pero el fruto más dulce.
—Quiero aprender a confiar —susurró al fin—. Siempre dudé de mí misma y de la vida. Quiero experimentar la fe.
—Entonces necesitarás nacer en circunstancias donde todo parezca incierto —respondió el Maestro—. Elegirás padres que no siempre te entiendan, caminos donde la seguridad no esté garantizada. Allí, en medio del vacío, tu fe crecerá como un árbol que hunde sus raíces en lo invisible.
El alma asintió, aunque una chispa de miedo vibró en su interior.
—Quiero también aprender el amor verdadero —añadió—. No solo el que toma, sino el que entrega.
Los guías se miraron con ternura.
—Entonces deberás encontrar vínculos complejos. Algunos te darán amor fácil, pero otros te desafiarán con heridas y rechazos. En esas relaciones difíciles aprenderás que el amor no depende de lo que recibes, sino de lo que siembras.
El alma dudó un instante. ¿Sería capaz? Los Maestros acercaron sus manos luminosas y respondieron a su pensamiento sin que ella hablara:
—Sí. Serás capaz. Porque no eliges sola; siempre estaremos contigo.
Finalmente, el alma observó la Tierra que se desplegaba abajo como un lienzo en blanco. En ese mapa reconoció el país donde nacería, la familia que la acogería, los amigos que cruzarían su destino, los retos que la harían llorar y las alegrías que la sostendrían. Todo estaba allí, como un escenario abierto.
—¿Y si me olvido? —preguntó con voz temblorosa.
—Olvidarás, sí —dijo el Maestro—. Ese es el juego. El velo cubrirá tu memoria. Pero en cada silencio, en cada intuición, en cada lágrima y cada sonrisa, sentirás el eco de lo que hoy decides. Y cuando dudes, bastará con mirar hacia dentro. Allí estaremos nosotros, recordándote lo que ya sabes.
El alma cerró los ojos. No necesitaba más certezas. Eligió su camino, respiró profundo y, con un salto de confianza, descendió hacia el mundo.
Y así comenzó una nueva vida.


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