Todos hablamos del silencio como si fuera un lugar lejano, un retiro en la cima de una montaña. Pero el silencio del que quiero contarte no necesita ermitas; está ahí, en medio del tráfico o en tu cocina, si sabes cómo entrar.

Un día vino a mí un hombre que se quejaba del ruido de su mente. “No puedo parar de pensar”, me decía. “Mi cabeza es como un mercado en día de feria.” Le pregunté si alguna vez había escuchado su respiración. Me miró raro. “¿Escuchar mi respiración? Eso no sirve.” Sonreí. “Inténtalo. Siéntate y escucha. Sólo eso.” Se impacientó, se levantó, volvió a sentarse. Pero, poco a poco, comenzó a oír algo más allá de sus pensamientos: el latido de su corazón, el aire entrando y saliendo. Entonces dejó de luchar contra el ruido externo. Empezó a deslizarse entre los sonidos como quien navega un río. Descubrió que el silencio no es ausencia de ruido, sino presencia de ser. No necesitas callar al mundo, sino escuchar con otra oreja.

Recuerdo a una abuela del pueblo que solía sentarse en su portal. Pasaban coches, niños jugando, vendedores gritando. Ella sonreía serenamente. Le pregunté cómo podía mantenerse en paz con tanto ajetreo. “Porque yo no soy ese ruido”, respondió. “Yo soy el que escucha.” Esa frase se me quedó grabada. A menudo confundimos nuestra identidad con lo que nos rodea. Creemos que somos el ruido, la prisa, las voces. Pero si cierras los ojos y sientes, te darás cuenta de que hay un lugar donde nada te toca. Ese lugar se llama silencio interior. Llegar a él no requiere técnicas complicadas; basta un pequeño gesto: darte permiso para no hacer nada durante un instante. En ese instante, descubres que el ruido es la piel, pero tú eres la sangre que corre bajo ella.

Hace poco, una amiga me llamó desesperada porque no podía dormir. “Mi cabeza es un hervidero”, decía. Le dije que se levantara, saliera de la cama, se sentara en el suelo y se concentrara en la sensación de sus manos sobre las rodillas. Al principio pensó que estaba loca, pero lo hizo. Al rato me escribió: “No sé qué pasó, pero me calmé.” Eso que “no sabe” es el silencio: el momento en que dejas de pelear con tus pensamientos y te enfocas en algo tan simple como tu cuerpo. El silencio no es matar la mente, sino abrazarla sin juicios.

A veces, el silencio llega de formas inesperadas. Estaba una vez en un autobús abarrotado en pleno verano. Un bebé lloraba. La gente se molestaba. De repente, una mujer mayor empezó a cantar una canción suave. Era una nana antigua. La melodía se deslizó por el autobús como agua fresca. El bebé paró de llorar. La gente sonrió. El aire, pesado hace un minuto, se volvió ligero. Esa canción fue silencio, no porque silenciara el ruido, sino porque cambió su cualidad. El silencio interior también se canta; a veces, es la música lo que apacigua la mente.

Si quieres cultivar el silencio interior, no esperes a estar en un templo. Busca momentos durante el día para pausar. Al respirar, nota el peso de tus pies en el suelo. Cuando laves los platos, siente el agua en tus manos. Cuando escuches a alguien, no prepares tu respuesta; escucha de verdad. Cada acto sencillo puede ser puerta al silencio si pones atención.

Y, cuando la mente grite que estás perdiendo el tiempo, sonríe.

Ese grito es justo la señal de que estás entrando en la cueva correcta.

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