
Antes del amanecer de la materia, cuando los hombres aún no han abierto los ojos, hay un lugar que no está en el cielo ni en la tierra: el Teatro de las Almas. Allí, cada espíritu se sienta en la platea de la eternidad y contempla el escenario donde se representará su próxima vida.
No hay cortinas de terciopelo ni luces artificiales. El telón es el cosmos mismo, y las estrellas, suspendidas, marcan los destinos como antorchas vivientes. El alma observa cómo, una a una, las escenas posibles se iluminan ante ella: la infancia con sus lágrimas, el rostro de los padres elegidos, los amigos que serán faro y también aquellos que serán sombra. Todo está allí, desplegado como un tapiz de promesas y pruebas.
Los Maestros, en el palco más alto, no imponen nada. Solo sostienen el silencio, esperando que el alma recuerde quién es y qué desea crecer.
Una voz resuena, no afuera sino dentro:
—¿Qué quieres ser en esta danza de la carne y el tiempo? ¿Qué heridas deseas transformar en alas? ¿Qué dones estás dispuesto a sembrar, aun cuando no recibas cosecha inmediata?
El alma tiembla. Sabe que cada elección será un peso y un regalo. Sabe que la Tierra no es un descanso, sino un taller. Mira las escenas de la risa y del llanto, de la soledad y del encuentro, y siente la urgencia de avanzar.
—Quiero aprender la paciencia —susurra.
Las estrellas responden con un destello, y en el escenario aparece una vida de esperas largas, de caminos que se abrirán tarde, de siembras que solo florecerán después de muchas estaciones.
—Quiero aprender a amar sin condiciones —añade.
El telón muestra vínculos ásperos, encuentros que herirán y sanarán, rostros que le negarán afecto para obligarla a descubrir que el amor no depende de lo externo, sino de la llama interna.
Entonces, el alma comprende: no elegirá un guion fácil, sino uno noble. Porque en el Teatro de las Almas, nadie baja a la Tierra a representar una comedia ligera. Se baja a transformar la arcilla en oro, la herida en canto, el miedo en confianza.
Cuando todo está dispuesto, los Maestros levantan sus manos y el escenario se pliega como un libro cerrado. La voz resuena de nuevo:
—Descenderás y olvidarás. Esa es la condición. Pero cuando la duda te apriete, cuando la soledad te pese, recuerda este momento. Recuerda que nada fue impuesto: todo lo aceptaste en un acto de amor contigo mismo.
Y así, el alma se acerca al borde del telón cósmico. Salta. La estrella que la iluminaba se convierte en un latido. Y en el llanto de un recién nacido, el pacto se cumple.


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