En lo alto de una colina, solitaria y constante, había una lámpara encendida.
Su llama no era grande, apenas un destello tenue que palpitaba como el corazón de un pájaro dormido. Sin embargo, era suficiente para que los caminantes que atravesaban la noche encontraran el sendero. Algunos apenas la miraban, otros le sonreían en silencio, agradecidos de que una luz pequeña pudiera darles dirección en medio de la oscuridad.

La lámpara estaba orgullosa de su labor. Sentía que, aunque diminuta, cumplía un propósito. Había nacido para alumbrar, y esa certeza la sostenía.

Una tarde, el viento comenzó a levantarse desde el valle. Primero fue un murmullo leve que acariciaba las hojas, luego un silbido insistente que doblaba los árboles, hasta convertirse en una corriente feroz que azotaba la colina. La lámpara tembló en su base y su llama se estremeció. El miedo la atravesó:
—Si me apago, nadie encontrará el camino —pensó con angustia.

El viento, que todo lo escucha, se detuvo un instante a su lado y le susurró entre ráfagas:
—No vengo a destruirte, vengo a enseñarte a danzar.

La lámpara no entendía. ¿Cómo podía bailar una llama que apenas sobrevivía? Intentó resistirse, cerrar su fuego sobre sí misma, contener cada chispa para que no se la llevara la tormenta. Cuanto más se protegía, más débil se hacía su luz.

Entonces, agotada, dejó de luchar. Permitió que el viento la tocara, que la moviera, que la inclinara y la levantara como si fuese un canto. Y descubrió que no se apagaba: al contrario, la llama crecía, se estiraba hacia arriba y luego se recogía, iluminando más lejos que nunca.

Los caminantes, que esa noche subieron por la colina bajo la tormenta, se sorprendieron al verla tan viva, tan luminosa. Nunca la habían visto brillar con tanta fuerza. La lámpara entendió que no era la rigidez lo que la mantenía encendida, sino la flexibilidad con que dejaba entrar al viento en su danza.

Cuando la tormenta cesó, la colina volvió al silencio. La lámpara seguía allí, un poco más gastada en su cuerpo de metal, pero infinitamente más sabia en su interior. Había aprendido que incluso lo que parece amenaza puede ser un maestro, y que la luz más pura no nace del miedo a apagarse, sino de la confianza en el movimiento de la vida.

Mensaje: La existencia sopla con vientos que parecen querer apagar lo que somos. Si luchamos contra ellos, nos desgastamos. Si confiamos y aprendemos a fluir, descubrimos que nuestra llama no se extingue: se multiplica.

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