
Cuando aún caminaba entre ustedes, yo creía que la herida era una condena. Pensaba que el dolor había venido a recordarme lo pequeño que era, lo olvidado que estaba de la Fuente, lo distante que se hallaba el amor verdadero. Durante años llevé esa cicatriz como un hierro ardiente en el pecho, preguntándome por qué la vida me negaba aquello que tanto anhelaba.
Nací en una familia que nunca supo pronunciar la palabra ternura. Sus gestos eran duros, sus silencios fríos, y en medio de esa sequedad aprendí a mendigar cariño donde no podía hallarse. En mis noches de infancia me dormía abrazando el vacío, convencido de que la soledad era mi único destino. Y sin embargo, lo que yo creía mi condena, era el umbral que la vida me había dado para aprender la profundidad de la unión.
Mis pasos me llevaron por sendas ásperas. Amé y no fui amado; confié y me traicionaron; entregué y recibí el peso del desprecio. ¿Acaso no es esta la historia de tantas almas? Pero cada caída me empujaba a mirar más adentro. Y ahí, en esa hondura oscura donde ya no quedaba nada, descubrí que la herida tan sólo era una puerta.
Comprendí tarde, sí, pero comprendí: nadie me negaba amor, simplemente se me estaba mostrando el espejo de mi propio olvido. Yo mismo había cerrado los ojos a la luz, buscando fuera lo que siempre había ardido dentro.
Cuando la enfermedad me visitó, la tomé como enemiga. Resistía cada síntoma, cada pérdida de fuerza, como si fueran ladrillos que me encerraban. Hasta que un día dejé de luchar. Entonces, en medio del cansancio, una voz interior me susurró: “¿Qué pasaría si abrazaras esto en lugar de combatirlo?” Y por primera vez no maldije mi destino. Me quedé quieto, respirando, y sentí cómo detrás del dolor había un océano de calma esperándome.
Ese instante fue el verdadero nacimiento. Comprendí que mi cuerpo se apagaba, pero mi ser despertaba. Comprendí que las cicatrices, lejos de ser ruinas, eran mapas. Y vi que cada lágrima derramada se había convertido en semilla, y que todas germinaban en un jardín que me aguardaba al otro lado del velo.
Hoy, desde este espacio donde ya no existe la carga del tiempo, quiero dejarte mi confesión: no temas a tus heridas. No intentes cubrirlas ni fingir que no están. Mira en ellas el rastro luminoso de lo que tu alma vino a aprender. El amor que no recibiste, apréndelo a dar. La ternura que te negaron, cultívala en tu propia voz. El silencio que te hizo sentir abandono, transfórmalo en templo donde escuchas al Espíritu.
Te hablo como alguien que caminó con la frente baja y los hombros encorvados, pero que al cruzar el velo se dio cuenta de que cada peso lo había moldeado para reconocer su verdadera altura. Mi herida fue camino, mi llanto fue río, mi muerte fue amanecer.
Si alguna vez crees que estás perdido, recuerda estas palabras: nunca has estado lejos. Siempre ha habido una mano invisible sosteniéndote, esperando que alces la tuya para sentirla. Y cuando lo hagas, todo dolor se volverá canto, toda pérdida revelará su tesoro, y comprenderás que la vida nunca te negó nada: solo te estaba guiando hacia ti mismo.


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