
Somos muchas, y sin embargo somos una.
Venimos del mismo río de luz, y nos reunimos en la orilla del tiempo.
Aquí, en el umbral donde las estrellas se inclinan hacia la materia, nos tomamos de la mano invisible y recordamos lo que hemos pactado.
Encarnamos la carne como expresión del amor que se ofrece en materia.
El velo del olvido desciende como señal de confianza en el alma que sabe recordar.
La prueba se abre como un sendero de conciencia, donde la herida se transforma en semilla de sabiduría.
Descenderemos en distintos lugares:
unos nacerán en palacios de abundancia, otros en chozas humildes, unos bajo risas cálidas, otros bajo gritos ásperos. Pero todos, todos llevaremos la misma chispa en el pecho.
Cantamos juntos antes de caer:
—Acepto la herida, porque en ella aprenderé a curar.
—Acepto la pérdida, porque en ella reconoceré lo eterno.
—Acepto el amor que se da y el que se niega, porque en ambos descubriré mi verdad.
No somos víctimas de un azar ciego; somos viajeros que decidimos la travesía.
No caminamos en soledad; aunque nos olvidemos, seguimos enlazados como las constelaciones que se miran desde lejos pero comparten la misma noche.
Y así, mientras el velo se aproxima y el telón del nacimiento se abre, elevamos nuestra última voz unida:
‘Que la Tierra nos reciba, que el tiempo nos moldee, que la memoria se oculte.
Nosotros nos encargaremos de recordar.
Y cuando regresemos, tras la experiencia, volveremos a cantar.
Porque nada se pierde, nada se rompe, nada muere: todo se transforma en regreso’.
Y tras este canto, uno a uno nos lanzamos al río del olvido, cada cual con su destino, cada cual con su nombre, cada cual con su historia.
Pero todos con la misma esencia:
luz eterna jugando a ser humana.


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