
Anónimo
“Soy hombre, tengo 56 años, y confieso algo que nunca dije en voz alta: rezo. No como me enseñaron de niño, con fórmulas largas que no entendía, sino a mi manera. Cada mañana, mientras pongo el café, cierro los ojos unos segundos y agradezco. A veces lo hago también antes de dormir, con frases simples: ‘gracias por este día’, ‘dame fuerza para mañana’.
Siempre pensé que si lo decía en público, se reirían de mí. En mi círculo nadie habla de espiritualidad, parece que es un tema incómodo. Pero esas oraciones silenciosas han sido mi sostén en los peores momentos: cuando perdí mi trabajo, cuando murió mi madre, cuando sentí que ya no tenía fuerzas.
Hoy me atrevo a escribirlo porque aquí siento libertad. Tal vez alguien lea esto y se anime a encontrar su propia forma de rezar, aunque sea con palabras sencillas. Porque a veces no hace falta más que eso: un gracias sincero.”


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